Origen del Agur Jaunak


La procedencia de la canción la explica Antonio Peña y Goñi en la carta que mandó a Felipe Pedrell en 1892. Narra dónde, cómo y de quién la aprendió:[1]

EL BARDO BASCONGADO
SALUTACIÓN

Sr. D. Felipe Pedrell
Director de la ILUSTRACIÓN MUSICAL.
Barcelona.

    Querido maestro: Así como en Jugar con fuego cantan aquello de

Hay un palacio junto al prado
    de San Fermin;
Este palacio por un lado
    tiene un jardín,

vengo yo, no á cantarle á V. sino á contarle que hay junto á San Sebastian un pueblecito muy bonito llamado Rentería, y que ese pueblecito por un lado tiene un restaurant.
    Construyóse dos años há á la orilla derecha del rio Oarso y frontero á la estación del ferro-carril y á las fábricas de galletas de Olibet y la de papel francobelga que bordean la vía y comunican á aquel pequeño barrio la extraordinaria animación de la industria moderna.
    Se inauguró modestamente, sin estrépito de reclamos, con el nombre de Oarso-Iabi (Rio Oarso), y no tardó en acudir allí la gente veraniega de San Sebastian, atraida por lo pintoresco del sitio, por la calidad de los manjares, bebidas y refrescos que se servían á la concurrencia asi como por el esmerado trato que se ofrecia á todos en el establecimiento novel.
    Hacía falta la excelentísima moda para consagrar un estreno tan brillante, y este año ha caído en Oarso-Ibaí con todas sus consecuencias.
    Ha sido, pues, el restaurant de Rentería, durante el estío que acaba de transcurrir, punto obligado de reunión de todos los mundos sociales: el grande, el chico y el media no que se han solazado a piacere, bajo el imperio de la moda, en dulce y atractiva promiscuidad.
    Y allí he ido yo tambien, formando parte del pequeño mundo, y de mis ídas frecuentes á Oarso-Ibaí arranca, Pedrell amigo, el descubrimiento que voy á referir á V. y me mueve á molestarle.

***

    Es el caso que tengo yo en Rentaría un amigo á quien admiro y quiero años hace, de quien me he ocupado en un libro muy reciente para escribir varias de cuyas págiginas he hallado en él auxiliar muy valioso; amigo lleno de ingénio y de bondad, popularísimo entre los pelotaris, y que es crónica viviente de tiempos que recuerdo siempre con profunda emoción porque representan memorias perdurables, pedazos de juventud que recoge uno devotamente y conserva como reliquias de felices tiempos.
    Llámase el tal Manuel Lecuona y es conocido por el apodo Urchalle, nombre de la casa Solariega de Oyarzun donde nació. Franco, desenfadado, guasón como él solo, desprendido, noble y honrado, el sexagenario de hoy fué antaño uno de los mas famosos jugadores de pelota y peleó con denuedo, guante en mano, contra los rivales de la región basco francesa á los cuales en muchas ocasiones derrotó.
    Dotado de singular memoria, recuerda de un modo verdaderamente notable todos los detalles de una existencia de aventurero, llena de incidentes de todo linaje, en los cuales abundan anécdotas dramáticas y crónicas que relata Urchalle con admirable viveza de lenguaje.
    Apasionado por la música, como buen guipuzcoano, toca la guitarra y canta; y su vocecita de viejo, entonadísima, tiene una expresión encantadora, matiza las melodías con acento que conmueve á veces y otras excita la hilaridad, según sea el género del aire y la intención ele la poesía.
    Su repertorio es inacabable; canta en basco-francés, en dialecto guipuzcoano, dando al idioma natal una pureza de dicción, un perfume especial incomparables.
    Y todos los compases, todos los ritmos, desde el indígena del zortziko hasta el del primitivo Noé!, salen de sus lábios como una evocación de los legendarios bardos y trovadores.

***

    En el mes de Agosto próximo pasado comíamos varios amigos en Oarso-Ybaí. Postre obligado de aquella francachela, como de cuantas nos permitíamos en el precioso restaurant, era Manuel Lecuona.
    Esclavo de su deber, como cartero de la villa, la hora del correo de Francia, le impedía sentarse á la mesa con nosotros; pero terminada la tarea de recoger correspondencia y periódicos en Pasajes, volvíase gallardamente á pié, venía á Oarso-Ibaí y disfrutábamos todos entonces de su adorable compañía.
    Fanático por la música como he dicho antes, el mayor regalo que podíamos ofrecer á Urchalle era hacer música en un excelente piano que los dueños del establecimiento tienen allí para recreo de la concurrencia.
    Y más de una vez, antes de que el gentío que conducían allí los tranvías de San Sebastian hubiese invadido el establecimiento, me sentaba yo al piano y acompañaba á Tabuyo, á Ildefonso Zabaleta ó al mismo Urchalle, y cantábanse zortzikos á granel y cantos populares bascos antiguos y modernos.
    Un día, hablábanos Urchalle de las correrías de su juventud y hubo de relatarnos el siguiente episodio de su vida:
    -En cierta ocasión-dijo Lecuona-nos encontrábamos en Saint-Jean-Pied-de-Port, despues de haber ganado un partido de pelota. Acabábamos de comer alegremente en el patio de la posada, al aire libre, y tomábamos café conversando todos en medio de la mayor animación, cuando de pronto vimos aparecer un mocetón robusto, alto, fornido, que se detuvo en frente de la mesa, se quitó la boina y, extendiendo la mano, con ademán entre imperioso y suplicante, nos dió á entender muy á las claras que reclamaba nuestra atención. Sorprendidos todos, nos callamos y mirámosle de hito en hito, cuando sin darnos tiempo para reponernos de la sorpresa, el hombre rompió á cantar y cantó lo siguiente.
    Y Urchalle, con su vocecita de viejo deliciosa, entonó la melodía del basco-francés.
    Oírla todos y hacérsela repetir una, dos y tres veces, fué acuerdo tomado por unanimidad. La hermosísima sencillez del canto nos cautivó; la poesía concisa, grandiosa en su laconismo, nos conmovió profundamente.
    Música y letra quedaron grabadas en mi memoria y, desde entonces, amigo Pedrell, formé el propósito de armonizar el canto y de mandárselo á V. para que la Ilustración Musical lo publicase.
    Regresé á Madrid con la obsesión de la melodía, le puse un acompañamiento, escribí dos compases de preludio y otros cuantos de coda y ahí va á manos de usted que, entusiasta como yo de los cantos populares, la acogerá seguramente con benevolencia.
    El final de la anécdota de Urchalle es que al escuchar la reunión aquella salutación bellísima, acogieron al basco-francés con los brazos abiertos, hiciéronle sentar en la mesa y le preguntaron en que podían servirle.
    El cantor venía sencillamente comisionado por algunos pelotaris de la región para desafiar á Urchalle. Hízose el partido, se jugó, lo ganó Urchalle y, aquí paz y después gloria, no volvieron á ver nunca al extraño cantante de Saint-Jean-Pied-de-Port.

***

Segunda edición del Agur, jaunak (Ecos de Vasconia, nº 50). Copia de la enviada por Antonio Peña y Goñi a Felipe Pedrell (Imagen de Eresbil).

    Precisan algunas advertencias para la mejor comprensión de ese hermoso canto. Ante todo hé aquí la versión espaüola que hace perder naturalmente todo su encanto al original basco-francés:
    -Salud, señores!-señores salud!-Salud y media-Todos somos hijos de Dios-lo mismo yo que vosotros-Salud señores!-Salud y media!-Aquí estamos.
    La versión resulta horrible, pero no hay medio ele evitarlo si ha de darse idea de la poesía con toda exactitud.
    Para la pronunciación hay que advertir que los basco-franceses pronuncian la jota como nuestra y griega, acentuándola suavemente.
    Jaunak debe, por lo tanto , decirse yaunak; y Jinkoak se pronunciará yinkoak.
    Con respecto al modo de cantar esa melodía, sería preciso oírsela á Urchalle para saborear su delicada expresión.
    Algunas apoyaturas he escrito que indican ligeros y preciosos portamentos de voz peculiares á todos los cantos eúskaros.
    Debe sujetarse la melodía á ritmo justo y detenerse únicamente a piacere, pero sin forzar demasiado el tiempo, en la vocalización que ocupa las dos primeras partes del compás mayor en la palabra jaunak.
    Quien sienta el canto popular y sepa extraer su perfume, comprenderá sin mas explicaciones lo que quiero decir y se dará cuenta exacta del carácter y de la belleza de la Salutación del bardo bascongado.
    Para probar á V. que no soy yo solo quien quedó prendado de esa canción, le diré que en cuanto la oyó nuestro amigo Santesteban se apresuró á anotarla é hizo de ella los mayores elogios.
    Despues de lo dicho no me queda sino mandársela á V., desear que forme de ella, el concepto que nosotros hemos formado y dejar al criterio de V. la conveniencia de entregársela al público por medio de la Ilustración Musical.
    Con eso y con que no crea V. que este articulo es trop de musique pour un si maigre sujet quedará satisfecho su devotísimo amigo.

    ANTONIO PEÑA Y GOÑI.
    Madrid y noviembre á 3 de 1892.

Primeras partituras

Primera composición coral del Agur, Jaunak (Imagen de Eresbil).

El escritor donostiarra le envió la melodía con el texto vascuence y acompañamiento de piano, con dos o tres compases de preludio y varios de coda. Pedrell publicó la partitura con el título de «Euskaldun lotoskaria».

Al año siguiente esta misma partitura fue incluida con el número 50 en el segundo tomo de la colección Ecos de Vasconia de Echeverría y Guimón, colección dedicada precisamente a Antonio Peña y Goñi.

En la década de 1920 la Editorial de Música Vasca publica Erri-Abestiak: Cantos populares vascos á tres voces iguales, que incluye la primera armonización coral del Agur, jaunak, elaborada por José de Olaizola (1883-1969); y Erri-Abestiak: Cantos populares vascos á seis voces mixtas, con una versión a seis voces del mismo compositor.
 
 

Popularidad de la canción

Con motivo del I Congreso de Estudios Vascos que se iba a celebrar en Oñate en 1918, el diputado guipuzcoano Ignacio Pérez-Arregui y el Padre Donostia buscaron una melodía popular que sirviese como saludo oficial para toda clase de actos. Eligieron la partitura «Euskaldun lotoskaria», y el 1 de agosto de 1918 tiene lugar el estreno en la procesión de San Ignacio en Loyola.

Un mes más tarde, con motivo del I Congreso de Estudios Vascos se confirma su oficialidad popular, escuchándose como acto preliminar en versión del P. Donostia para clarines y chistus, interpretada por los clarineros de la Diputación de Guipúzcoa. Leamos la explicación del propio P. Donostia:[2]

Los que asistimos al I Congreso de Estudios Vascos de Oñate (1918) no olvidaremos fácilmente las escenas que en esta linda villa presenciamos. Reunión de las cuatro Diputaciones con sus maceros, conferencias, estudios sobre temas del país, exposición, exhibición de nuestros festejos populares, todo ello envuelto en un ambiente de simpatía, compenetración de espíritu, que iluminaba los rostros de los congresistas.

Hay una nota que hay que dejar consignada en esta Revista, a la que me invitan. Es el recuerdo que para nosotros tiene la melodía Agur Jaunak, y haberla oído en los balcones del Ayuntamiento de Oñate, este edificio tan aristócrata que da a la villa un sello inconfundible. Porque se ha de hacer constar que el Agur Jaunak sonó por primera vez, como un himno para las Diputaciones, en aquel Congreso de 1918. Los clarineros y los txistularis engualdrapados lanzaban desde aquellos balcones barrocos las notas de la melodía popular, mezclándose, confundiéndose los dulces sonidos de los txistus con las notas incisivas de las trompetas oficiales.

¿De dónde venía esta amalgama sonora? Puedo decirlo porque tuve que intervenir en este maridaje musical y en otros momentos, como organizar la música de la Misa mayor en la magnífica iglesia parroquial. Un diputado provincial guipuzcoano, el señor Ignacio Pérez Arregui, era el encargado de algunas de estas facetas del programa y juntos cambiábamos impresiones para que el conjunto fuera digno, noble, bello. Necesitábamos un himno con que recibir a las Diputaciones, que les acompañara en sus presencias oficiales.

Convinimos en aceptar el Agur Jaunak, por ser corto y por tener aire señorial. Los dos tuvimos la misma idea; convinimos en ella y el que estas líneas escribe hizo el sencillo acoplamiento de las trompetas y los txistus. La música es noble y la letra es una salutación sobria, verdadero modelo de un texto para estas circunstancias. Recordar aquella plaza oñatiarra, vestida de sol, con el fondo de montañas tan majestuoso, es recordar uno de los buenos momentos de la vida en que un pueblo sin distinción de ideas rinde pleito homenaje a sus autoridades, homenaje sincero, nada ficticio.

¿De dónde procede esta melodía? La conocíamos desde hacía tiempo por haberla hallado en uno de los volúmenes de melodías vascas de la colección de Echeverría y Guimón.[…]

¿Melodía vienesa?

José Luis Ansorena publicó una carta que le escribió el diplomático José Miguel Azaola, el 22 de agosto de 1983:[3]

«A propósito del Agur, Jaunak, voy a contarle lo que me ocurrió en Viena en 1955. Estaba yo cenando en el restorán que ocupa la bodega del antiguo palacio imperial, cuando el tocador de cítara, que amenizaba la velada, se puso a interpretar una melodía idéntica a la de esa canción.

Cuando terminó de hacerlo, me acerqué a él y le pregunté cuál era el origen de aquella música. Me dijo no poder precisarlo, pero que se trataba de una antiquísima melodía popular vienesa. Yo le tarareé el Agur, Jaunak, diciéndole que se trata de una canción vasca; y él me dijo: efectivamente, es lo mismo.»

[1] La Ilustración Musical Hispano-Americana, año V, nº 117, 30 de noviembre de 1892, p. 170-171.
[2] «Oñate y el “Agur Jaunak”». Oñate (1954-1955), p. 15-16.
[3] Ansorena Miranda, José Luis: «Procedencia de algunas melodías populares vascas». Txistulari nº 179 (1999), p. 5-13.

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